viernes, 26 de febrero de 2016

Despedida temporal

Llegando al final de esta etapa, hacemos una parada en el camino, hasta después de Semana Santa.

Hemos  utilizado este blog como herramienta para aprender  el funcionamiento de las nuevas tecnologías.

Muchas gracias a todos los que habéis participado.

¡Hasta pronto!

Mujeres pioneras

Catalina García González nacida en Puebla de Lillo, quería obtener el carnet de conducir y lo consiguió: obtuvo el primer carnet que se expedía a una mujer en España. En 1925 Catalina entraba en la historia.
Uno de los coches que tuvo fue un Hispano Suiza. Eligió este modelo porque era ‘recomendable’ trabajar con un modelo nacional para lograr otro objetivo en el que también sería pionera, la concesión de una línea de transporte en exclusiva, entre Cofiñal y Boñar.
Catalina García fue también la primera mujer de este país en ser la concesionaria de una línea regular de viajeros.
La concesión de línea era gratuita pero a cambio tenía que repartir el correo en los 21 pueblos que recorría en su viaje a través de cuatro ayuntamientos: Puebla de Lillo, Vegamián, Reyero y Boñar.
A la hora de recordar la figura de esta mujer pionera habría que pensar en los coches de aquellas épocas  y en la comarca en la que Catalina trabajó, de alta montaña, con nevadas considerables que propiciaron todo tipo de anécdotas.
Una de ellas con uno de sus hijos, a los que era frecuente que llevara en el autobús. En este caso era además necesario para darle de mamar pues era aun bebe. Llegaron a Boñar y ya estaba nevando. La mujer fue a «hacer los recados» y dejo al niño en casa de unos parientes que, a la hora de marchar, vieron que era un peligro llevar al niño pues el temporal arreciaba. Decidieron dejarlo en la llamada villa del negrillón y Catalina no pudo regresar a verlo y amamantarlo hasta pasados 26 días pues la nevada fue de consideración. Hasta los años 40 no llegaron a la comarca las primeras maquinas quitanieves de Obras Publicas.
Conductora, cartera, madre de seis hijos, recadera de todos los vecinos... ya esta bien, ya tenía suficientes ocupaciones esta mujer que empezó a trabajar siendo casi una niña. Pues no, aun hay más. Tenía otro y no menor, ni mucho menos, también atendía la fonda familiar que llevaba su nombre: “Casa Catalina”.
Cuando los hijos se fueron incorporando al trabajo y a conducir los autobuses pudo ella ir dejando el volante pero no el trabajo pues paso a ser la cobradora y siguió llevando el correo, las medicinas, atendiendo la fonda... No es extraño que un grupo de vecinos quisieran erigir un monolito en su recuerdo en la cuesta de Valdecastillo. No es extraño y hubiera sido muy justo pero aquella idea, con colecta incluida, nunca llegó a ser una realidad.

Lo que sí es una realidad es el magnifico recuerdo que esta mujer dejó entre todos los que la conocieron en los mas de veinte pueblos que durante tantos años atendió. Murió en 1959, año en el que el cáncer no quiso saber nada de los méritos de esta mujer que se pasó más de medio siglo por las carreteras, la que fue la primera mujer conductora de España y la primera concesionaria de una línea de transporte de viajeros.

jueves, 18 de febrero de 2016

LA PEÑIÑA: Piedad Alvarez Rubio

LA PRIMERA MUJER TAXISTA
Piedad Álvarez Rubio nacida en la primera década del siglo XX se convirtió en la primera taxista de León y de España.
Fue pionera al dedicarse a una profesión eminentemente masculina.
Con algo más de 20 años y en 1932 sacó la licencia y tuvo que reivindicar frente otras mujeres que ella había sido la primera, aportando como prueba los viejos recortes de periódico de la entrevista que le realizó Mundo gráfico en 1935.
Su familia tenía un garaje y viendo a los chóferes y a su hermano ir y venir con sus coches se animó. «Yo estudié para maestra, aquí en León, pero tenía que ayudar a mi madre y empecé a trabajar», comentaba Piedad en aquella primera entrevista sobre sus inicios.
«La Peñina», trabajó en el taxi 40 años, hasta 1974, y tenía su puesto en la antigua parada de Legio VII. Su licencia fue la 49.
«El último coche que tuvo doña Piedad fue un Seat 800.
Máximo Cayón Waldaliso, quien fuera cronista de Léon dijo de ella que “Era una leonesa de primera y enamorada de su profesión”.
En España no hubo mujeres taxistas hasta pasado mucho más tarde.
Piedad Alvarez Rubio provocó en la pequeña ciudad de León (30.000habitantes) un gran revuelo. En una entrevista concedida a Mundo Gráfico contestaba: «Soy muy serena. Conducir es de una gran sencillez; sólo hace falta, en primer lugar, poseer esa serenidad, esa visión segura de las cosas».
Entre sus anécdotas, cuenta que una vez llevó a un grupo de carteristas. Les dejó en el sitio indicado, pagaron y así acabó la historia.
Piedad trabajaba 12 horas, de nueve de la mañana a nueve de la noche, con un descanso para comer.
Casada con un taxista, su primer coche llevó la matrícula de León 2897 y solía sacar al día unas 50 pesetas.
Ser mujer nunca fue un problema para ella en su profesión. «Hay que saber hacerse respetar. Yo he llevado a un grupo de hombres solos de juerga, por ejemplo, y en ningún momento han dejado de respetarme. El público es conmigo de una total corrección». Para entonces ya había visto de todo. Maridos con destinos un tanto secretos, parejas... «Hay que ser discreta. Es como si fuera nuestro secreto profesional», comentaba.
Además de por el taxi, fue muy popular por ser la propietaria de una tienda de ultramarinos en la calle La Rúa.
Vivió en una de las casas adosadas a la cerca medieval en la calle Independencia, cerca del bar Los Candiles. Nunca tuvo un accidente. Se le daba bien la mecánica y reparaba muchas de sus averías.

Al retirarse, su historia, como la de otros tantos, se fue olvidando.

viernes, 5 de febrero de 2016

Leyenda del Cuélebre de la Gotera

La leyenda del Cuélebre de La Gotera


Ermita de San Lorenzo de "La Vid"

      Hace muchos años en La Vid en el paraje conocido como La Gotera vivía un enorme Cuélebre.
Cuenta la leyenda que a los vecinos les reclamaba un tributo: una oveja diaria. Si no acataban sus deseos amenazaba con liberar el agua del Río Bernesga que mantenía retenida con su panza, provocando una inundación que destruiría el pueblo.

     Le llegó el turno a Marcelo, un pobre vecino que no disponía de ninguna oveja para pagar el tributo. En sustitución dió a su única hija Casilda a la béstia.
Casilda se encomendó a “San Lorenzo”, que estaba luchando en la guerra de Tánger (S XV) y llegó con sus dos hermanos pequeños, “San Vicente” y “San Pelayo”. Fabricaron un pan con tierra carbonosa de la zona, cobre procedente de Cármenes y aceite de engrasar carros, que provocó la indigestión de la bestia. En ese momento “San Lorenzo” lo lanceó dándole muerte.

    La leyenda no tuvo un final feliz ya que la bestia en su agonía se agitó tanto y gritó tan fuerte que mató del susto a los dos hermanos menores de San Lorenzo.
Antes de regresar a Tánger tras la muerte de San Pelayo y San Vicente, se topó con una mula que cargaba una gran piedra de alabastro y, subiendo ambos a la cima de la peña de La Gotera, utilizó la losa para construir un sepulcro para sus hermanos, usando también las costillas de la béstia para levantar el armazón de la ermita en la que, según la leyenda, descansan los restos de ambos santos.







lunes, 18 de enero de 2016

San Isidoro y sus tradiciones

SAN ISIDORO Y SUS TRADICIONES

UN SUCESO SINGULAR
LA COMIDA DE SANTO MARTINO
LA BARRICA DE SANTO MARTINO
LA CONSTITUCIÓN DE EEUU


Cuenta la leyenda que en el siglo XII, en la iglesia de San Isidoro milagrosamente brotó agua de las piedras del pavimento de la iglesia y que Don Pelayo obispo de Oviedo fue testigo del suceso que se prolongó durante varios días, creyeron que anunciaba la partida del Rey Leones.

Se cuenta que el mismo día en que murió el rey ALFONSO VI “1109”, cesó de manar la fuente.

En la basílica de San Isidoro hubo un monje, confesor del Rey ALFONSO IX y de su esposa Doña Berenguela llamado Santo Martino; cuenta la leyenda que este Rey de niño era ciego y Santo Martino le devolvió la vista, lavando sus ojos con el agua que hacía cincuenta años había manado de la fuente del pavimento del altar de San Isidoro y que los monjes conservaban.

También se dice que este santo que en un principio era bastante negado a estudiar las letras, fue obligado por San Isidoro a “comer libros” como consta en un cuadro que se encuentra en la biblioteca del museo, en el que aparece de esta guisa.

Santo Martino viaja por tierras francesas y difunde en León estas nuevas ideas artísticas y el pueblo le sigue, llenando y abarrotando el templo donde predica.

Cuando muere comienza a levantarse la Catedral, donde se reflejan las ideas que Santo Martino trae de sus viajes y asombran al reino. Santo Martino se convirtió en un intelectual escritor y cuentan que en el retrete de Doña Sancha, sala tocador, se conserva la mano de este Santo en un relicario con los dedos deformados y juntos.

Su sepulcro se conserva en la capilla de su nombre en la basílica.

Caminando, seguidamente, por las dependencias privadas de la Colegiata podemos toparnos, de improviso, con una barrica de roble, cuyos orígenes se remontan casi ocho siglos atrás, cuando Santo Martino la llenó de vino. Cada año después del Santo Oficio del Jueves Santo, se contempla esta ceremonia: el abad extrae un litro de vino y repone dos de mosto, para equilibrar la saca. El licor es exquisito, propio de dioses.
El Rey Alfonso XIII, en su visita a León, se negó a probar la bebida para no romper la tradición.

Cuenta la leyenda que cuando se redactó la Constitución de los EEUU, los ponentes tenían en la mesa un ejemplar de la biblia y otro de los Estatutos de los dominicos de San Isidoro.

Cuando el leonés Aniceto de Pardesivil, general de los dominicos, visitó la Casa Blanca fue recibido con honores de Jefe de Estado como reconocimiento de la aportación.








viernes, 15 de enero de 2016

viernes, 18 de diciembre de 2015

Leyenda de la calle mulhacín


LEYENDA DEL MULHACÍN



Elvira era un joven que una noche fue a poner una lámpara de aceite y a rezar al cristo que había en la calle Matasiete, la muchacha se vió sorprendida por un moro y del susto cayó desmayada, una persona que pasaba por allí empezó a gritar y llamar a las autoridades.
Por aquel entonces siempre se sospechaba de los moros y los judíos, que tenían una mala relación con los cristianos.
El Regidor buscó al malhechor que se llamaba “Mulhey Hacén”, y se encontraba escondido en una estrecha calle, camino de la calle de Santa Cruz; es la calle que atraviesa la actual calle que el pueblo dió en llamar Mulhacín.






viernes, 11 de diciembre de 2015

Video Leyenda calle matasiete


Leyenda Calle Matasiete

Calle Matasiete


Según figura en la placa de la calle, el nombre de Matasiete se debe a una leyenda leonesa del siglo XIV: “El infante Don Juan Manuel conspira contra Alfonso XI. Gil de Villasinta y Juan de Velasco traen un mensaje del rey para Don Gutierre. Esperan la noche en la taberna del tío Joroba, donde se reúnen los partidarios del infante. Hay una pelea con varios muertos, entre ellos Juan de Velasco.”
La leyenda ampliada cuenta que allá por el año 1330 dos caballeros llegaron a León trayendo un mensaje secreto del Rey Alfonso XI para Don Gutierre, y después de toda una jornada de camino decidieron parar a cenar en una taberna que había en la Cal de Escuderos.

Allí fueron atendidos por la hija del mesonero, que ante los requiebros que le lanzó uno de los caballeros se retiró de forma precipitada tropezando con una cazuela que cayó al suelo.

Los parroquianos que se encontraban allí, con el alboroto, creyeron que los caballeros habían pretendido abusar de la joven, por lo que se originó en la taberna una discusión que comenzó con intercambio de insultos y acabó en la calle con las espadas en la mano.
En ese momento llegaron los alguaciles a la taberna, por lo que huyeron todos menos los forasteros.
Como el Alguacil Mayor pretendió detenerles, se inició una nueva pelea entre unos y otros. La situación se puso fea y los dos caballeros huyeron metiéndose por la calle objeto de la leyenda, parándose allí a decidir quien se quedaba haciendo frente a los alguaciles y quien le llevaba el mensaje del rey a Don Gutierre.

Pero como se entretuvieron con esta decisión, cuando quisieron darse cuenta venían ya los alguaciles por las dos entradas de la calle, comenzándose de nuevo la pelea, resultado de la que uno de los caballeros cayó al momento. Pero el otro siguió peleando y consiguió matar a siete de los alguaciles escapando después y entregando por fin el mensaje a su destinatario.
Otras versiones menos creíbles de la leyenda nos cuentan que el nombre se debe a los siete muertos habidos como consecuencia de la competencia de las familias Castro y Lara por los amores de Doña Leonor de Guzmán (favorita de Alfonso XI con el que tuvo 10 hijos).
Al día de hoy esta calle suele ser tranquila según a qué hora se pase por ella y lo único que queda que pueda recordar algo a aquellas épocas de capa y espada es una hornacina vacía y desangelada, que algún día alojó al Cristo de Matasiete al calor de una lamparilla de aceite. (He oído que huyó de la hornacina harto de dejadeces y abandonos, y cuentan que en las noches de luna llena se le puede ver en compañía del tío Joroba y de los siete finiquitados tomándose unos vinos por la zona y recordando viejos tiempos ...)

http://elleoncurioso.blogspot.com.es/2008/11/calle-matasiete.html

lunes, 30 de noviembre de 2015

Leyenda de la Calle Matasiete. León

Que historia más interesante de la calle matasiete, estamos trabajando en ella para poder subirla en el blog  aprovecho para lanzar las imágenes de la calle que nos ha traído una compañera.

Muchas gracias a todos.







viernes, 20 de noviembre de 2015

Cuento: El Reino de los niños de Ruben de la calzada

Curso de Historias y Leyendas de León en el Espacio CYL Digital

Historia: EL REINO DE LOS NIÑOS basada en “El Reino de los niños", cuento recogido en "Peralvillo de Omaña", de David Rubio de la Calzada.
Esta historia la hemos encontrado adaptada a varios pueblos de la provincia de León: Villablino, Astorga, Murias de Paredes, Veguellina de Orbigo, Llamas de Laciana, Ponferrada, Toral de los Vados, Valencia de Don Juan etc.

http://bibliotecadigital.jcyl.es/i18n/consulta/resultados_ocr.cmd?buscar_cabecera=Buscar&tipo=elem&id=3543&tipoResultados=BIB&posicion=1&forma=ficha

EL REINO DE LOS NIÑOS

Hace muchos, muchísimos años, cuando el cielo estaba más cercano a la tierra que ahora, y el embravecido mar cubría infinidad de valles y montañas, vivía un poderoso mago o hechicero. Tan alto como el más alto pino de la montaña, llevaba sobre la cabeza un frondoso árbol, de verdes hojas y tupido ramaje. Su barba, de muchísimas varas de largo, era de musgo, lo mismo que las cejas y pestañas. Su vestido era de corteza de encina, y su voz como el rodante trueno, y debajo del brazo llevaba una gaita tan grande como la iglesia de este pueblo.
Las más extraordinarias maravillas llevaba a cabo con el sonido de su gaita. Cuando la tañía dulce y suavemente, todo cuanto podía abarcar con su mirada se cubría de fresca y verde yerba; y si soplaba más fuerte, hasta podía crear cosas vivientes; mas cuando soplaba con furia se levantaba tal tormenta, que las montañas se conmovían en sus cimientos; y el mar, alborotado y furioso, y dando resoplidos como corcel refrenado, se retiraba a lo lejos, dejando anchos espacios de tierra al descubierto.
Una vez fue atacado por fuertes enemigos; pero, en vez de defenderse, se limitó a aplicar la gaita a los labios, y todos sus enemigos se convirtieron en pinos y robles.
Jamás se cansaba de tocar, porque recibía gran placer al percibir el eco de aquellas suaves notas en sus oídos; y aun se deleitaban mucho más sus ojos al ver cómo todo se animaba y cobraba vida en torno suyo. Aparecían innumerables rebaños de ovejas en las montañas y en los valles, y sobre la cabeza de cada una crecía un arbolito, por medio del cual el Mago conocía su propio ganado; y de las piedras esparcidas por allí hizo crear hermosos mastines, y cada uno conocía su voz.
Viendo que los habitantes de los países vecinos no eran tan buenos como fuera de desear, vaciló por mucho tiempo antes de crear seres humanos; mas, por fin, llegó al resultado de que los niños eran buenos y amables, así es que decidió poblar de niños solamente.
Y comenzó a tocar en su gaita la tonada más dulce que en su vida había sonado; y he aquí que aparecen niños y más niños, en muchedumbre infinita. Ya podéis imaginaros cuán maravilloso y encantador sería.
Allí no había otra ocupación que jugar; y las inocentes criaturas saltaban y brincaban radiantes de alegría, y eran en extremo felices. Trepaban por las enredaderas y chupaban la dulce miel de sus tallos; y se hartaban de los más codiciosos y dorados frutos de los árboles; dormían en camitas de musgo, y se columpiaban en las ramas de los árboles, y eran, en fin, tan felices como los angelitos de Dios en el cielo durante todo el día. Y aun durante la noche su felicidad se aumentaba, si es que era posible, porque el Mago tañía, para adormirlos, las canciones más suaves, de suerte que les infundía hermosísimos sueños.
Jamás se oyó en una palabra de enojo, porque aquellos niños eran tan dulces y alegres, que jamás peleaban unos con otros. Ni había tampoco ocasión de envidia ni pesar del bien ajeno, puesto que cada uno era tan feliz como su prójimo, y el Mago tenía muy buen cuidado de que hubiera siempre abundante ganado para alimentar a los niños; con la música había producir yerba en abundancia, para que los rebaños estuvieran siempre bien mantenidos.
Ningún muchacho se lastimó jamás, porque los fieles mastines los cuidaban y conducían a los lugares de más mullido césped, para que jugasen.
Si por descuido algún niño se caía al agua, un perro se encargaba de sacarle; y si algún otro se cansaba, uno de los mastines lo cargaba sobre sus espaldas y le conducía a descansar bajo la fresca sombra de un árbol frondoso.
En una palabra, los niños eran tan felices como los primeros habitantes del Paraíso; y nadie ambicionaba o suspiraba por alguna otra cosa, puesto que ninguno de ellos había visto más reinos o mundos que el suyo, tranquilo y venturoso.
También hay que advertir que ningún poblador de aquella tierra vestía con lujo o con vergonzosa pobreza, ni había suntuosos palacios al lado de miserables chozas; así es que nadie miraba con envidia a su prójimo.
Enfermedades o muertes eran desconocidas en, porque las criaturas habían venido al mundo tan perfectas como el pollo al salir del cascarón, y ni había necesidad de morir, teniendo como tenían abundante y espaciosa tierra donde habitar.
Nadie sabía allí leer ni escribir, ni tampoco era necesario, puesto que todo les salía a pedir de boca; ni había que tomarse la menor molestia por nada, y no estando expuestos a daño alguno, era inútil todo conocimiento.
Sin embargo, cuando hubieron crecido y se hicieron grandes, comenzaron a cavar pequeñas porciones de tierra y a construir chozas para sí mismos, alfombrándolas de musgo, exclamando con inusitado gozo: “Esto es mío.” Y al decir uno de ellos “Esto es mío”, los demás lo dijeron también.
Construyeron varios otros chozas como el primero, pero algunos, más listos u holgazanes, creyeron más fácil cobijarse en las que estaban ya echas, y entonces, cuando los dueños lloraban o se quejaban, los intrusos conquistadores se reían.
Por lo cual, los que habían sido despojados de sus viviendas trataron de reconquistarías con sus puños, y comenzó... la primera batalla.
No faltó uno que fué en seguida con el cuento al Mago, quien sopló con furia en la gaita, oyéndose un hórrido trueno que asustó terriblemente a los pequeños guerreros y supieron por vez primera lo que era miedo, y después se llenaron de ira contra el chismoso o correveidile que se fue con el cuento al Mago.
Y así comenzó la lucha y la división en el hermoso y pacífico reino del buen Mago.
Y se llenó de honda pesadumbre su pecho al ver que los pequeñuelos se conducían del mismo modo que las gentes grandes de otros países, y pensó cómo atajar y remediar aquel mal.
¿Soplaría con furia la gaita y los barrería al mar y haría aparecer otra nueva gente? Pero los nuevos pobladores serían bien pronto tan malos como los primeros, y además amaba con honda ternura sus pequeñuelos.
Pensó más tarde destruir todo lo que fuera motivo de pendencia; pero entonces todo se tornaría seco y estéril, siendo así que la causa de la lucha había sido un puñado de tierra y un poquito de musgo, y, en realidad, porque algunos niños eran industriosos y diligentes, y otros holgazanes.
Determinó entonces regalarles algunas cosas, y dió a cada uno ovejas y perros, y un jardín para su uso particular. Pero esto sólo sirvió para aumentar la discordia.
Varios plantaron y cultivaron sus jardines, mas otros los dejaron abandonados; y viendo que los jardines de los diligentes estaban hermosísimos y que sus rebaños tenían sabroso pasto y daban leche en abundancia, la envidia y la rabia subió de punto. Los holgazanes formaron una liga contra los diligentes, les atacaron y arrebataron muchos de sus jardines.
Retiráronse al principio los buenos trabajadores a otros lugares más frescos, que se transformaron también en bellos jardines debido al sudor de su rostro y al trabajo de sus manos; pero después, cansados de la insolencia de los holgazanes, resistieron valientemente, y durante la refriega algunos perdieron la vida.
Al ver la muerte por vez primera les sobrecogió terrible pavor y tristeza, y juraron tener paz unos con otros para siempre.
Mas todo en vano; no pudieron permanecer tranquilos mucho tiempo; y como no les era permitido por el juramento darse muerte, comenzaron a robarse sus propiedades y utensilios con fiera alevosía... y las cosas iban de mal en peor.
Viendo lo cual, se apoderó tal tristeza del corazón del Mago, que de sus ojos brotaron ríos de lágrimas, ríos que, atravesando el valle, iban a perderse en el mar; y sin embargo, los malvados niños jamás consideraron que éstos estaban formados por las lágrimas que su bondadoso padre derramaba por ellos, y continuaron en sus pendencias, robos y asesinatos.
Por lo cual, el buen Mago lloraba más y más, hasta formarse impetuosos torrentes y cataratas que devastaban las tierras, formando un vastísimo lago, en el que perecieron ahogados innumerables criaturas.
Entonces cesó de llorar e hizo soplar un viento suave que secó la tierra anegada. ¡Pero qué espectáculo tan triste! Toda la verdura se había desvanecido, y las casas y los jardines yacían derribados debajo de montones de piedra; y los ganados, por falta de pasto, no daban leche. Entonces los despiadados niños cortaron los pescuezos de las ovejas con piedras afiladas, para ver dónde se ocultaba la leche; pero en lugar de leche corrió roja sangre, y al beberla se hicieron más fieros que nunca. Jamás se saciaban de ella.
Así, que mataron muchísimas otras ovejas, y robaban las de sus hermanos, y bebieron sangre y comieron carne.
Entonces dijo el Mago: “Es necesario crear más animales, de lo contrario pronto no quedará ninguno en la tierra.” Y sopló otra vez en su gaita. Y he aquí que al instante aparecen toros salvajes y caballos alados de largas y escamosas colas y elefantes y serpientes. Y los niños comenzaron entonces a pelear con las bestias salvajes y crecieron altos y robustos. Algunas de las bestias se dejaron amansar; pero otras perseguían a los niños y mataron a muchos, y como ya no vivían en paz ni seguridad aparecieron pestes y enfermedades; de suerte que bien pronto llegaron a ser como los habitantes de los demás países; y el Mago estaba cada vez más triste y melancólico, desde que todo lo que había creado para bienestar y felicidad de sus hijos se convertía en mal irremediable. Sus criaturas ni lo amaban ya ni se fiaban de él; y en lugar de atribuirse a sí mismos la causa de todas aquellas terribles calamidades, la echaban la culpa al mismo bondadoso padre, diciendo que su creador les enviaba aquellos desastres por vía de entretenimiento.
Y ni siquiera escuchaban ya el dulce son de la gaita que tanto había deleitado sus oídos en los primeros días, y por cierto que el gigante no se cuidaba ya de tañerla.
Abrumado de tristeza yacía dormido por largas horas bajo las sombras de sus cejas, que habían crecido muy largas, cubriéndole el rostro. Mas a veces despertaba, y aplicando la gaita a sus labios soplaba con tal energía y furor que se levantó una temerosa tempestad, haciendo chocar unos árboles con otros, y al poco tiempo todo el bosque ardía en llamas. Entonces se levantó con el árbol que crecía en su cabeza, y tocando las nubes, rasgó su seno y descendió copiosa lluvia que en breves instantes apagó el fuego.
Entretanto los seres humanos sólo tenían un pensamiento: cómo hacer callar aquella odiosa gaita para siempre. Así es que se armaron de lanzas, espadas, hondas y piedras, y se apercibieron para dar la batalla al gigante; mas éste, al verles, soltó tan tremenda carcajada, que hubo un temblor de tierra, tragándose a muchos de ellos con sus chozas y ganado.
Entonces enviaron otro ejército provisto de resinosas teas de pino para quemar su barba; pero él no hizo más que estornudar y se apagaron al instante las antorchas, derribando por tierra a todos sus enemigos. Un tercer ejército trató de amarrarle mientras dormía; pero con estirar sólo sus miembros, rompiéronse al instante sus ligaduras, reduciendo a átomos a todos los que le rodeaban.
También enviaron contra él todas las bestias y animales feroces; mas apenas él lanzó un ligero soplo al viento, cuando comenzaron a caer abundantísimos copos de nieve que lo fué cubriendo todo y sepultó profundamente a los animales, esparciendo una espesa capa de hielo sobre ellos, de suerte que, aunque ya no se ven sobre la tierra aquellas feroces bestias, aun yacen con piel y carne allá, heladas, ateridas, pero sin haber cambiado de forma.
Trataron, por fin, de robarle la gaita mientras el gigante yacía dormido; pero la tenía debajo de la cabeza, y era tan pesada, que ni los hombres ni las bestias juntos eran capaces de moverla. Mas abrieron astutamente un agujero en el fuelle, y ¡oh terror!, se levantó tal tormenta, que nadie podía distinguir la tierra, el mar o el firmamento por la espesa negrura que todo lo envolvía, pereciendo en aquel cataclismo casi todo lo que alentaba sobre el Universo.
Pero el gigante ya no despertó jamás, y allí yace todavía durmiendo con la gaita debajo de la cabeza, sonando a veces, cuando los vientos soplan de aqueste lado de los Pirineos.
¡Si alguno pudiera poner un parche en el fuelle de aquella encantada gaita, volvería a ser otra vez del dominio de los niños!
(Basado en “El Reino de los niños”, cuento recogido en “Peralvillo de Omaña”, de David Rubio de la Calzada).



lunes, 9 de noviembre de 2015

Airones un Pueblo que desapareció de la provincia de León

AIRONES UN PUEBLO QUE DESAPARECIO
Existe una historia que nos habla de este pueblo, de cómo llego a su fin y de cómo se le relaciona con Villapadierna, de pesca en el río Esla los vecinos de Airones atraparon una gran anguila para celebrar el  acontecimiento  invitaron a todo el pueblo a un banquete, todos asistieron a la fiesta excepto una anciana enferma. La anguila estaba envenenada y todos los habitantes de Airones murieron dejando sola en el pueblo a la anciana. Tras lo sucedido le ofrecieron alojamiento tanto en el pueblo de Pesquera como en el de Villapadierna, Ella eligió este ultimo por lo que desde ese momento todas las tierras de Airones pasaron a formar parte de los bienes de Villapadierna. Airones estaba a 2 kilómetros de Villapadierna.
Villapadierna Aldea de la comarca de Rueda, está situado en la ribera izquierda del río Esla a 49 kilómetros de la ciudad de León por la carretera nacional (N-625). Asociado al título nobiliario de este nombre, existe un castillo del que quedan los fosos y una torre cuadrada en el centro. La ruina del castillo fue declarada bien de interés cultural en 1949, perteneció a Doña Berenguela segunda esposa de Alfonso IX. Años más tarde se convirtió en posesión de los Enríquez linaje que se inicio con el matrimonio entre la Duquesa de Alba y Don Fabrique almirante de Castilla, por causa del deterioro solo se conserva el foso, la muralla y una torre cuadrada en el centro. El agua que antiguamente alimentaba el foso procedía del río Esla a través de un túnel que unía los dos kilómetros que los separa, aunque en ruinas sirve de hogar para las cigüeñas que en primavera regresan


Comenzamos un nuevo ciclo y nos renovamos





miércoles, 1 de abril de 2015

El Cautivo de Argel

EL CAUTIVO DE ARGEL

Conozco una persona que, cuando era niño, oyó decir muchas veces a su abuela materna: “¡Ay, quien tuviera una astillita del arca  del cautivo de Argel! ¡La que está en la Virgen del Camino! ¡No hay mejor alivio  para el dolor de muelas!”. Esto ocurría en un pueblo de la ribera del Curueño, hacia 1940.

Sucedió en 1522. Por esos años, un joven llamado Alonso de Ribera vivía en el pueblo de Villamañán. Este joven mozo fué contratado para ir como soldado al reino de Nápoles. En aquel tiempo Nápoles pertenecía al Imperio Español y necesitaba ser defendida de los sarracenos. El virrey era Hugo de Moncada, y tenía varios capitanes a su mando; entre ellos, uno natural de Villamañán. En algún viaje que hizo a su pueblo, prometió el capitán los mozos valientes puesto de soldado y fortuna.
Uno de los que se apuntó fue Alonso de Ribera.

Los soldados españoles defendían la ciudad de Nápoles, por mar y por tierra, de las incursiones frecuentes que hacían los moros del norte de África. Los africanos no querían que los cristianos europeos se hicieran con el norte de África y, en concreto, con la ciudad de Argel. Esa ciudad estaba bien defendida.
Un día se enfrentaron en una fuerte batalla varios barcos españoles contra otros de los moros. Alguna nave española fue capturada y sus tripulantes llevados como cautivos a Argel. Uno de los prisioneros, precisamente Alonso de Ribera, fue encarcelado por el doble delito de español y cristiano.
Y encargaron su vigilancia a un moro llamado Alcazaba.

Debía procurar por todos los medios que no se escapara el de Villamañán. Y en cumplimiento de esa orden empeñaba Alcazaba su propia vida. Por ello, aplicó el moro todo el rigor sobre el cautivo cristiano, tanto cuando lo llevaba a trabajos forzados durante el día, como cuando lo metía en su celda de prisionero durante la noche.

Ni que decir tiene que a Alonso de Ribera se le hacía duro el cautiverio, y para aliviar sus pesares rezaba a menudo a la Virgen del Camino. Esta imagen era conocida y venerada en su pueblo de Villamañán y él mismo había ido alguna vez de peregrinación hasta el Santuario. Le rezaba sobre todo durante la noche. Y lo hacía en presencia del carcelero. Sus modos de rezar a la Virgen eran varios: recitaba en voz alta; alzaba piadosamente los brazos al cielo, a lo alto, y miraba intensamente hacía arriba.

Alcazaba, que no entendía nada de lo que decía y ni de lo que hacía el cristiano, empezó a llenarse de sospechas y temores. Tuvo miedo de que huyera y decidió asegurarse; encerró a Alonso de Ribera en una recia arca de madera (mas de dos metros de larga y casi uno de ancha y alta), no sin antes envolverlo con una cadena de hierro de 17 metros. Cerró el moro Alcazaba el candado y se echó a dormir encima de la tapa; si el cristiano intentaba librarse de las cadenas, el ruido le despertaría, y, si incluso lograba liberarse y violentar la cerradura, debía derribarle a él para poder abrir el arca. Seguridad plena; el cautivo estaba a buen recaudo.

Pero precisamente esa noche se obró el milagro. Fueron escuchadas, por fin, las oraciones de Alonso, y arca, cristiano y moro amanecieron ante las puertas del santuario de la Virgen del Camino. ¿Cómo fue eso? No lo sabemos. El moro desconcertado y temeroso no encontró otra salida que liberar al cristiano: ¿Qué es esto? ¿Dónde estaban?
Alonso de Ribera, tan pronto se acomodó a la luz, comenzó a dar saltos de júbilo.  El moro Alcazaba comprendió de inmediato que se habían invertido los términos: ahora el cautivo cristino estaba libre en su patria y él, en tierra extranjera. Era con todo un suceso prodigioso e imitó al cristiano: se arrodilló y juntó las manos. Rezaban los dos ante la imagen Dolorosa que había obrado el prodigio.

El de Villamañán se explicó como pudo. Y perdonó de inmediato los sufrimientos del cautiverio. Alcazaba acertó a entender los gestos amistosos, se arrodilló de nuevo y besó la mano de su prisionero. Aún quedaba por completarse la segunda parte del milagro. Alonso de Ribera había resuelto quedarse al servicio de la Virgen del Camino, y argelino decidió otro tanto.

Quedó olvidado el mal pasado. Recibió el musulmán las aguas purificadoras el bautismo. Y juntos, Alonso y Alcazaba sirvieron con celo en el santuario. Y andando el tiempo que todo lo puede, allí fueron enterrados.
Pero la cosa no acaba aquí. Desde su milagrosa llegada, el arca estuvo siempre expuesta ante los fieles. Y, junto a ella, durante siglos, un pergamino con caligrafía gótica recordando la historia.

Los primeros años eran el moro Alcazaba y el cristiano Alonso de Ribera los que explicaban a los peregrinos este milagro. Nadie podía ponerlo en duda. Allí estaban los protagonistas con vida y con dedicación religiosa al servicio de la Virgen para refrendarlo y allí estaba el arca y las cadenas. Todo era tangible, visible, evidente. Por ello, los devotos de la Virgen del Camino, entusiasmados ante las palabras de los protagonistas, comenzaron a venerar cadenas y arca.



Por supuesto, sus oraciones eran piadosísimas, emocionantes, confiadas, como corresponde a testigos de un milagro que podían palpar. Aquellos objetos se convirtieron pronto en testimonio de una devoción. Así nació la leyenda. Y nació más o menos pronto, y con ella el atrevimiento de coger, arrancar algún pedazo de la madera del arca como fuera posible. Podían ser pequeñitos, unas minúsculas astillas que se guardaban en una caja, o en los pliegues de un pañuelo. Pero eran del “arca del cautivo de Argel”. O del “arca del moro Alcazaba”. O eran del  “arca de la Virgen”. De cualquier modo eran pedacitos de un milagro.
 Y así estuvo cuatro siglos expuesta a la veneración directa del público en la nave de las primeras ermitas y de los santuarios posteriores que se hicieron desde 1522 hasta 1961. La gente reverenciaba el arca y las cadenas. La gente arrancaba, siempre que podía, alguna astilla. Llegaron a faltar muchos centímetros de la madera y llegaron a hacerse grandes rotos en tapa y laterales. Una tabla frontal fue consumida totalmente por las “devotas termitas”. Los distintos rectores del Santuario decidieron recubrir toda la madera que quedaba con piezas metálicas y hojalata muy gruesa. Aún así, los fieles encontraron la manera de hacerse con su astillita.

Esta costumbre se hizo más poderosa y atractiva cuando se corrió la voz que de estos fragmentos eran mano de santo para el dolor de muelas. El objeto bendito era capaz de sanar, se multiplicaban los milagros. Y se reproducen igual entre las gentes de la ribera del Curueño, como en la ciudad de Astorga, o en los pueblos del Orbigo, del Esla, por supuesto en Villamañán. Y en muchos pueblos de toda la provincia.

En 1961, el arca del cautivo de Argel se instaló en la sala de Exvotos que tiene el Santuario al este de la sacristía. En el centro de la sala. Metida en una urna de cristal muy grueso, que la protege de robos, profanaciones, polvo y humedades. El arca está visible, pero ya nadie la puede palpar, ni besar, ni mondar. Y, ¿ay!, desde hace cincuenta años nadie ha podido coger una astilla del arca, y por ello tampoco su sagrada madera ha podido aliviar el dolor de los devotos.

Hemos hablado del traslado milagroso del arca del cautivo de Argel, de la devoción con que fue venerada como objeto religioso, y de la existencia de favores de las astillas del arca para el dolor de muelas. Nos queda otra tradición más. En Villamañán se cuenta que cuando el arca, el moro y el cristiano pasaron milagrosamente por encima del pueblo, las campanas de la iglesia sonaron solas, alegres, insistentes. El moro solo conocía los sonidos de cencerradas de rebaños pero no de campanas. Por eso aquel sonido le resultaba nuevo, extraño y se produjo un diálogo entre el moro y cristiano.
  
HISTORIA EXTRAIDA DEL LIBRO:    LEYENDAS DE LEÓN    Contadas por……….

(Jaime Rodríguez Lebrato,   sacerdote dominico)